El trabajo y el huerto. De la necesidad al deseo

img269Conferencia en las IX Jornades Lleidatanes de Filosofía, 8 de marzo de 2014

Albert Vidal y Vanessa Prades

0-Introducción
1-Identidad
2-D.O. Propia
3-Rol generativo
4-Tiempo
5-Ética
6-Espiritualidad
7-¿Otro trabajo es posible?

0-INTRODUCCIÓN

Súbitamente, cultivar se ha convertido en una especie de hábito, a la vez reciente y legendario; en la intimidad de los balcones, en espacios colectivos regulados por ayuntamientos, también en solares huérfanos de finalidad, cedidos al olvido después del estallido de la fase maníaca de la burbuja inmobiliaria. Una tendencia, una moda, una acción colectiva…

El huerto regresa con fuerza para satisfacer una necesidad alimentaria, como siempre ha sido, pero esta vez es diferente. La necesidad de antaño ha sido superada por algo que podríamos llamar deseo. Deseo de jugar, de crear, de ensayar otras maneras. El huerto literal, proveedor de verduras y fuente de riqueza alimentaria, se ha convertido hoy en un huerto sobretodo simbólico. Un espacio lúdico cargado de significados, donde representar inquietudes, identidades, valores, donde expresar reivindicaciones personales y colectivas. Un espacio incluso donde ensayar alternativas sociales y económicas.

El huerto resurge, reaparece en nuestras vidas cotidianas. Algo nos está comunicando… ¿cuáles son sus razones?

En nuestra conferencia de hoy, vamos a responder a esa cuestión, el por qué de los huertos urbanos contemporáneos. Vamos a adentrarnos en la actividad hortelana con mirada subjetiva, psicológica. Y la vamos a interpretar a partir de las expresiones de sus protagonistas, de las cosas que nos cuentan, de cómo lo viven. Qué significado tiene para ellos lo que están haciendo, qué relatos construyen de su vivencia hortelana.

Para hablar de la actividad productiva del huerto urbano, hemos estructurado el contenido a partir de seis ejes diferentes de este huerto simbólico: identidad, denominación de origen (D.O.) propia, rol generativo, tiempo, ética y espiritualidad. Representan seis perspectivas complementarias y simultáneas de la misma actividad, el trabajo en el huerto.

Un trabajo que parece apuntar al pasado, cuando se rescatan elementos de antaño, praxis, herramientas, valores, semillas, recuerdos… Un retorno que es aparente, pues paradójicamente marca tendencia, y es creador de futuros.

Así, pues, justo hoy, cuando el trabajo escasea y nuestro rol de trabajadores se convierte en caricatura, el huerto parece plantearnos un interesante e imprescindible debate. Con su praxis humilde, simbólica, el huerto nos atrae porque nos confronta con un miedo cotidiano: ¿qué está pasando con nuestro trabajo? ¿donde se van a trazar sus nuevas coordenadas?

El trabajo ha entrado en crisis, afirma el economista Jeremy Rifkin (1995). La sociedad del trabajo, sentencia el “Manifiesto contra el trabajo” (Grupo Krisis, 2002), no está pasando por una crisis temporal, sino que está llegando a sus límites absolutos. En nuestras vidas cotidianas vemos un escenario laboral efectivamente en declive, basado en la escasez, tanto de ocupación como de condiciones laborales y retribución. Nos preocupa. Cuesta ver con claridad lo que viene, nos damos cuenta que a lo mejor tampoco entendemos bien su pasado, en qué ha consistido el trabajo que hemos estado desarrollando. Necesitamos hablar de ello, replantear discursos, redefinir el significado mismo de trabajo.

El huerto aparece como espacio de diálogo, de aprendizaje y desaprendizaje sobre el trabajo, su concepto, sus posibilidades. Tanto a nivel personal como social. En el huerto nos planteamos cuestiones sobre la actividad productiva y la identidad, sobre el rol de trabajadores y consumidores, sobre nuestro control en el proceso de producción. También aprendemos y desaprendemos en cuestiones como el estrés, la abundancia o escasez de tiempo, sobre cuestiones éticas que afectan nuestras relaciones personales, incluso sobre la vivencia espiritual, que reivindicamos más allá de creencias religiosas.   

El contenido de la conferencia parte del libro Elogi de l’hort urbà, publicado en 2013, que fue el resultado de una investigación personal que duró casi tres años, durante los cuales entrevistamos hortelanos a pie de huerto, sobretodo de Lleure Agrari, nuestro centro de huertos de alquiler, ubicado en Bellvei, Catalunya. También entrevistamos a entidades implicadas en proyectos hortelanos, y a personas vinculadas a ámbitos de la psicología, la política, la economía, las tecnologías libres. Por otro lado, hubo una labor de investigación bibliográfica, en bibliotecas físicas, online, en foros, en blogs.

A continuación vamos a desarrollar cada uno de los seis ejes que apuntamos anteriormente: identidad, D.O. propia, rol generativo, tiempo, ética y espiritualidad.

 

IDENTIDAD

Hablamos de identidad en el huerto para señalar las implicaciones culturales, biográficas y relacionales que surgen en la acción de cultivar. El huerto es muy a menudo un espacio donde proyectar elementos de la propia cultura, nacionalidad o región, donde uno ha crecido o vive actualmente. El huerto permite evocar también las raíces familiares y el origen rural, tomando especial relevancia en personas mayores, o en aquellas que han experimentado, a lo largo de su biografía, saltos o rupturas importantes, como en el proceso de la migración. Un proceso, el de la migración, complejo, que supone cambios a muchos niveles: relaciones personales, clima, paisaje, olores, idioma, etc, que puede enriquecer por tanto la percepción que tenemos de nosotros mismos, abrirnos perspectivas interiores, vernos como personas más flexibles, adaptables. O a la vez, también, puede suponer un reto de dificultades crecientes, cuando intentamos encontrar una coherencia, construirnos una definición estable de nuestra identidad (Achotegui, J. 2010). Un proceso migratorio donde el huerto puede incidir como factor protector.

Para el hortelano, pues, el factor identitario adquiere una relevancia especial. Pero, ¿qué es la identidad? La identidad es un concepto complejo, que podemos articular alrededor de tres ejes (Erikson, E. 1968):

  • el sentido de uno mismo como percepción interior, el yo;
  • la continuidad a lo largo del tiempo y el espacio, donde la memoria resulta esencial;
  • el reconocimiento de los otros de este hecho, la confirmación periódica por parte de los otros que somos y existimos.

La identidad, en sus tres ejes, se construye con la edad, y en interacción con los demás. Quien soy, de donde vengo, y también a donde voy; es la respuesta nunca definitiva a todas estas preguntas, que apuntan a un abanico de aspectos y atributos que consideramos propios, ya sean individuales o grupales, como el nombre, el sexo, el carácter y la personalidad, los gustos, la profesión, los roles familiares, nuestra historia vital, el sentimiento de pertenencia comunitario o nacional… El relato identitario abarca diferentes estratos, unos más concretos derivados de la biografía y las relaciones interpersonales, y otros más abstractos y de largo alcance, como el género al que pertenecemos o la nacionalidad. Niveles a diferente escala. Se trata de configuraciones cambiantes a lo largo de la historia, precisamente hoy en profunda transformación, que se observan de forma acentuada cuando cultivamos.

En el huerto de hoy, encontramos un marcado acento identitario centrado sobre todo en la pequeña escala, lo concreto y lo próximo. Esto es así a causa del poder vinculante de su actividad, y de sus productos. Muchos hortelanos cultivan la memoria personal o familiar a partir de cultivos o prácticas que remiten a vivencias pasadas. Especialmente como hemos dicho aquellos de mayor edad, o también aquellos que han experimentado procesos de migración.

Santiago, cuando se jubiló, cogió en cuando pudo un huerto. Según comentó, hacía casi cincuenta años que “no pisaba la tierra”, desde los 16 años, cuando dejó el pueblo para venirse a Barcelona a trabajar. Uno de los primeros cultivos que plantó en su huerto fue el azafrán. “Mi familia cultivaba azafrán…recuerdo cuando nos sentábamos en círculo, un buen grupo entre familiares y vecinos, durante la época de la recolección. Y entonces separábamos las partes buenas de las flores, que secábamos al calor del fuego…“. El azafrán, un cultivo con significado biográfico para Santiago, que actúa como objeto de vinculación (seguidamente hablamos de ese concepto).

Otros hortelanos, usualmente más jóvenes, más urbanitas, buscan experimentar una actividad productiva que dé significado personal, y que transmita su identidad a su entorno, los llamamos productos con denominación de origen propio.

Guille trabajaba de informático en Barcelona. En un momento de su vida, decidió dar un giro, venirse a Calafell y abrir un pequeño restaurante, que abastece en parte con su propia cosecha. “Tengo la satisfacción de haber hecho mi propio semillero, de haber regado las plantas, de haberlas podado -como estoy haciendo ahora mismo con esas tomateras-, todas estas atenciones, todo este cariño que le pones, pues eso no lo encuentras cuando compras por ahí, ¿verdad? Es una cosa que has parido tu, que has hecho tu… Y muchos clientes, cuando vienen al restaurante, cuando saben que los tomates los he cultivado yo mismo, entonces los aprecian ¡Y tanto! Cuando se lo explico se quedan boquiabiertos… les gusta, es una experiencia gratificante.”

Vínculo entre sujeto y objeto

En psicología, existe el concepto de objeto de vinculación, usado ampliamente en psicología del duelo. Ante la pérdida de una persona significativa, un bien material, o incluso a lo largo de un proceso de migración, las personas tendemos a conservar objetos que nos ayudan en el proceso de duelo, en la medida en que nos mantienen vinculados, conectados, con ese pasado que ha quedado atrás (Neimeyer, 2007). Una foto, un reloj de pulsera, unos pendientes, una pieza de ropa, incluso una canción, nos pueden trasladar a momentos o acercarnos a personas o bienes, o situaciones, que ya no están o que ya no se  dan físicamente, aunque perduran en nuestro mundo interno. En el ámbito infantil, se ha descrito un fenómeno similar, llamado objeto transicional, por ejemplo cuando un bebé se acompaña de su muñeco o su manta preferidos para vencer el miedo de la noche (Winnicott, 1982).

Se trata de objetos investidos, con carga simbólica, portadores de significados que los trascienden, que van más allá de su apariencia concreta o utilidad establecida socialmente.

Como hemos visto, este fenómeno ocurre con los objetos asociados a procesos de duelo, también con ciertos objetos a los que los bebés han cogido cariño, pero en realidad podemos encontrarlo en mayor o menor medida en nuestras vidas cotidianas. Muchos de los objetos que nos rodean poseen significados añadidos por nosotros mismos, sobre todo si nos han acompañado por algún tiempo, o si proceden de personas queridas, o si han sido fabricados con nuestras manos. En realidad, estamos rodeados de objetos de vinculación.

El huerto, sin lugar a dudas, es un espacio privilegiado para la emergencia de ese tipo de objetos. Algunos proceden de nuestra labor directa, como los tomates que recogemos al final de un laborioso proceso. Otros, en cambio, son representativos de unos valores determinados, o de una biografía personal, como por ejemplo una herramienta tradicional o usada cuando éramos jóvenes; semillas autóctonas, que representan un tiempo o un espacio concretos.

El huerto está sembrado de objetos de vinculación. Son objetos con significado, con historia, personalizados, creados a nuestra imagen y semejanza, en definitiva, con identidad propia. Cuando los hortelanos exclamamos que nuestras verduras “no tienen precio” o que “no se pueden comprar en ninguna tienda“, nos referimos a este fenómeno. Están adulterados con nuestra historia vital, con nuestras ilusiones, con nuestros valores

En el próximo apartado no vamos a abandonar la cuestión de la identidad en el huerto, pues aún nos falta profundizar en algunos aspectos de ella. Concretamente, observar como aflora el vínculo entre sujeto y objeto durante el proceso de producción. Esto  es, cuando el hortelano cultiva verduras, y de ese cultivo surge un vínculo con ellas que le proporciona identidad y sentido del sí mismo.

 

DENOMINACION DE ORIGEN PROPIA

Para hablar del trabajo en el huerto, es decir, del acto mismo de la producción, hemos establecido tres acciones sucesivas: reproductiva, coproductiva y autoproductiva. Tres acciones que describen la producción con denominación de origen propia.

En su acción reproductiva, analizamos el huerto como fuente de identidad, cuando en el proceso de cultivo se proyectan partes de uno mismo, y se establece en consecuencia una estrecha relación entre el cultivador y su cultivo.

En su acción coproductiva, centramos la mirada en la producción con los otros, con la comunidad. Se analiza qué tipo de relaciones interpersonales se establecen, y qué valores las regulan.

En su acción autoproductiva, se analiza el espíritu aparentemente autárquico, que revolotea en el huerto urbano. Ese anhelo de autosuficiencia y libertad absoluta, ya sea del individuo, ya sea del grupo reducido. Hablaremos de la producción en muy pequeña escala, y de la tendencia a la fusión entre los roles de productor y consumidor, y la aparición de una nueva figura, que algunos han llamado prosumidor.

Acción reproductiva

En la actividad del huerto, el hortelano produce verduras, frutas, a veces también huevos si tiene gallinas, o incluso puede recolectar caracoles cuando llueve. Toda una serie de productos alimentarios que son resultado directo o indirecto de su actividad productiva, de su trabajo . En ese sentido, son su creación. No son verduras, huevos, o caracoles cualesquiera, no son productos abstractos. Tienen un autor, un hacedor. Llevan su marca.

Eso pasa en el huerto, y de hecho en muchos otros trabajos. O debería pasar así. En la actividad de producir, observó Karl Marx (OME5), la persona objetiva su individualidad, su idiosincrasia. Los productos creados por el productor, afirmó, son como espejos suyos, partes de sí mismo que se desprenden y pasan a circular por el entorno. Como si de un proceso reproductivo se tratase: “Cuando haces germinar la semilla, la ves crecer, la cuidas… no sé, son como hijos míos, casi“, nos dice Oriol, hablando de sus cherris de balcón. Un vínculo paterno-filial, reproductivo, podríamos señalar.

El hortelano, cuando está en la mesa, sobre todo cuando tiene invitados, señala con orgullo y satisfacción qué elementos de la comida proceden de su huerto. Son más buenos, más sabrosos, más bonitos, más sanos y más nutritivos… pero sobretodo tienen identidad. La identidad de su productor, de su creador. En el huerto, pues, las verduras poseen identidad. La poseen y la mantienen en el tiempo. Al contrario que las verduras cultivadas por agricultores profesionales, las de un huerto urbano raramente entran en el mercado capitalista, anónimo, despersonalizado, donde correrían el riesgo de volverse huérfanas y desconocidas.

Marx describió los fenómenos de extrañamiento y alienación como los procesos  de separación que se dan  entre el productor y su producto, cuando éste se convierte en mercancía. Esto ocurre cuando el acto de producir se da en un contexto donde los medios de producción y el fruto del trabajo son propiedad de otra persona, diferente y ajena al trabajador. En esas condiciones, el producto acabado de fabricar es arrancado del pecho de su creador, y es entonces cuando  se rompe el vínculo. Se produce un extrañamiento, una ruptura,  un rechazo. El productor, desposeído de su producto, de su creación, pasa a repudiarla, o utiliza la disociación  para no experimentar dolor por la pérdida constante y permanente del vínculo con su producto, repetida una y otra vez a lo largo de la jornada laboral.

Alienación en el proceso de producción, que se acentúa en el proceso de intercambio mercantil. La naturaleza del mercado capitalista, anónimo, masificado, estandarizado, tampoco contribuye al mantenimiento del vínculo con los propios productos, con la preservación de su identidad genuina. Tampoco el consumidor consigue encontrar el significado real de aquello que compra. A lo sumo, los productos producidos en masa pueden hacer como si, pueden disfrazarse, por ejemplo a través de la marcas comerciales, pero en modo alguno tienen relación con su productor real.

No deberíamos confundir el vínculo reproductivo y natural que se establece entre productor y su producto, que le otorga a ambos identidad, con el concepto del fetichismo de la mercancía, que introdujo Marx en su obra (El Capital, volumen 1). Precisamente, se trata de situaciones prácticamente opuestas. Hablamos de fetichismo cuando el producto toma personalidad y espíritu propios al entrar en el mercado, pero lo hace al margen de su creador, cuyo vínculo ha sido previamente cortado. En el fetichismo se redefine el objeto, se lo bautiza de nuevo, se le otorga otro contexto de significado acorde con la demanda del mercado, para que incremente su valor. Pero se trata de un significado artificial, detrás del cual se esconde el vacío.

Otra característica de la actividad reproductiva hortelana es su apertura a la creatividad. El huerto urbano de hoy es significativamente diferente al huerto tradicional, marcado por la costumbre y la repetición. El nuevo hortelano mantiene una actitud creativa, en todas direcciones: ensaya técnicas de cultivo nuevas encontradas a través de la red o simplemente experimentales; siembra semillas desconocidas para él, que consigue de otros hortelanos, en viajes a lugares remotos o aislados, o también en tiendas especializadas online; construye artilugios en el huerto (semillero, espantapájaros, estanque, márgenes de piedra…); en la cocina explora nuevos platos, hace conservas con diferentes técnicas…

Hablamos de creatividad, pero, ¿qué es exactamente la creatividad? En psicología, la creatividad se asocia al pensamiento divergente, a la imaginación, a la intuición, o incluso a los vaivenes emocionales. La excesiva racionalidad o la estabilidad imperturbable no suelen acompañar al proceso creativo.

También se ha distinguido entre creatividad científica y artística, ésta más propia de los músicos, poetas, pintores, así como de la creatividad práctica, asociada al ingenio de los que saben resolver problemas mundanos de forma original.

El ambiente, por supuesto, también incide en la acción creativa. Y el huerto, posee características interesantes: es rico en estímulos, está lleno de materiales de todo tipo, es interactivo, distendido, y se abre en un marco interpersonal de libertad, condiciones todas ellas indispensables para que una creación sea creativa (S. de la Torre, 1997).

Pero aún más decisivo que todo lo anterior es su marcado carácter lúdico, pues a pesar de ser una actividad productiva, el huerto es sobre todo un ocio, un pasatiempo. Un espacio de juego donde cada uno inventa sus propias normas. Normas sobre lo que se puede hacer y lo que no, y también sobre los objetivos. Para un hortelano, ganar será sinónimo de obtener una gran cosecha, para otro la victoria consistirá es descubrir que una pareja de sapos ha escogido su estanque para hacer la puesta esta primavera. Para un tercer hortelano, el juego perseguirá ambos objetivos a la vez. En realidad la complejidad puede ser extraordinaria, e, incluso evolucionar, cambiar, amplificarse …

Según Winnicott (1982) juego y creatividad son fenómenos indisociables: Un rasgo importante del juego, a saber: que en él, y quizás sólo en él, el niño o el adulto están en libertad de ser creadores (p.51). El huerto es un juego, constatamos, un espacio con gran carga simbólica, donde hacemos, deshacemos, proyectamos, nos entretenemos. Un espacio lúdico donde dejarnos llevar y ser nosotros mismos, liberar nuestro auténtico yo: el científico, el artista o el ingenioso.

Nil y yo vamos a fabricar un compostador para el huerto, ¿cómo lo veis?” Comenta Xavi, padre de Nil. Debatimos su pequeño proyecto, basado en cajas de madera y pintura verde para camuflarlo.

Creatividad como punto de partida, como valor preliminar a la acción misma. En ese sentido, señala Winnicott: Resulta posible establecer un vínculo entre el vivir creador y el vivir mismo, y se pueden estudiar las razones por las cuales existe la posibilidad de perder el primero y que desaparezca el sentimiento del individuo de que la vida es real o significativa (p. 64, 1982).

Otro fenómeno singular que se da en el contexto del huerto y su actividad productiva, es una cierta reapropiación del significado de los productos. Si miramos a nuestro alrededor, la ropa que llevamos puesta, el volante del coche que conducimos, la funda del móvil, constatamos que pocos de esos objetos poseen una historia conocida anterior a su adquisición. No sabemos quién los construyó, ni cuándo, ni cómo. Ni tampoco sabemos qué pasará con ellos cuando los tiremos a la basura o los llevemos al punto de reciclaje. Podemos construir una noción teórica del antes y del después de esos productos, pero será una noción abstracta, lejana, ajena. No conoceremos una historia concreta que nos vincule con ellos, ni tampoco entre nosotros.

Pasa con la mayoría de los objetos que nos rodean, y también pasa con nuestra propia actividad laboral. Nuestro trabajo llega y se va en el anonimato del mercado: nos encontramos espontáneamente con un material, o unos clientes, unos encargos, que aparecen de la nada, que procesamos, atendemos como buenos profesionales. Pero después, habiéndonos familiarizado con ellos, se van, tampoco sabemos exactamente donde.

Un escenario vacío de significado, fruto de un mercado masificado e impersonal, a gran escala, repleto de objetos estandarizados y relaciones estereotipadas, seccionadas desde su origen mismo. Un entorno higiénico, esterilizado, ausente de vínculos con los que apegarnos e interpretar nuestra cotidianeidad.

Pero el huerto urbano es diferente. Permite reapropiarnos de aquello que nos pertenece. Cultivamos significado, rememoramos quienes somos, creamos a partir de la propia inspiración, esparcimos nuestra identidad por los alrededores, entre nuestra gente, cuando regalamos porque sí un par de kilos de patatas.

En el huerto ensayamos, pues, una nueva forma de hacer, que en parte es muy antigua. Se trata de un modo de producción personalizado, donde los productos llevan la marca de su creador, que los construye con espíritu creativo. Productos personalizados, con historia, que nos vinculan a ellos y tejen redes interpersonales. Vínculos que debemos preservar, que llenan nuestra cotidianeidad y nos proporcionan una vida con sentido, una vida interesante.

Acción coproductiva

El trabajo en el huerto es muy a menudo un co-trabajo, es decir, un proceso de producción con otras personas, en grupo. Como la mayoría de trabajos. Pero el huerto tiene sus características propias, que lo distinguen del trabajo asalariado convencional:

Igualdad y equidad. Las relaciones de producción en el huerto parten de una base  simetría  y complementariedad, es decir, el poder de decisión y los recursos existentes se distribuyen de forma equitativa entre los participantes.

El poder no suele estar jerarquizado, el huerto urbano tiende a la distribución del poder, al reparto equitativo de derechos y deberes. En los huertos comunitarios son comunes las asambleas, como órgano horizontal para la toma de decisiones.

En cuanto a los recursos, tanto los que se utilizan (agua, motocultor, etc) como los que se obtienen (verduras), también se distribuyen. Si se trata de un huerto comunitario, cultivado en grupo,  donde todo es de todos, hablaríamos de un funcionamiento cooperativo. Otra modalidad seria tipo co-working, dónde cada hortelano tiene su propia zona de cultivo, y se comparten algunas zonas comunes, como por ejemplo la zona de taquillas o de descanso.

Intercambio personalizado. En el contexto de los huertos, son frecuentes los mercados de intercambio. Es interesante analizar la naturaleza de ese tipo de intercambios, que distan significativamente de los intercambios en el contexto del mercado capitalista.

Los productos que se intercambian no tienen necesariamente una equivalencia en valor de cambio,sino que se basan en el valor de uso. Es decir, en las necesidades concretas de las personas implicadas, y no en el valor monetario de esos productos en el mercado. Se  trata, en ese sentido, de un criterio centrado en las personas y no en algoritmos externos a ellas.

Carles es miembro de la Ecoxarxa Penedès, una cooperativa local de producción y consumo, que trabaja con la finalidad de recuperar la dimensión ética y humana en los intercambios, fomentando unas relaciones más próximas, justas y solidarias. Una de las últimas actividades que organizaron fue un mercado de intercambio en Vilafranca: “cada persona tiene que traer cosas que ya no utiliza y coger otras que necesite. No tienen por qué valer lo mismo, lo importante es que le sirva en ese momento “.

Cuando intercambiamos juguetes, es interesante la lección que nos dan nuestros hijos, la facilidad que tienen para conectar con lo que quieren. A ellos no les importa el precio, lo que un juguete valga en el mercado, no se fijan en eso, sino en si les apetece o no jugar con ellos.”     

Uno de los objetivos de ese tipo de mercados es hacer transacciones sin la necesidad de utilizar dinero. Pero incluso con dinero pueden llevarse a cabo experiencias que vayan en la misma línea:

Josep vive en Canet, en la comarca del Maresme, cerca de Barcelona. Desde que se jubiló, tiene un huerto con gallinas, unas treinta. Produce una gran cantidad de verduras, y por supuesto también muchos huevos. Y los vende. Hace cestas, que reparte entre amigos y vecinos. “No pongo un precio, el precio lo pone el comprador, en función de sus propios ingresos y de lo que crea que vale la cesta. Hay un vecino, un hombre ya muy mayor, que tiene problemas para llegar a fin de mes… pues me da lo que él cree que me puede dar, y yo lo acepto“.

Como vemos, tanto en el primer caso como en el segundo, no se establece un valor de cambio fijo y abstracto, sino que el valor es relativo, y sujeto al contexto y las circunstancias de las personas implicadas. A pesar de eso, sigue existiendo una cierta equivalencia, pero de diferente naturaleza  a la  del mercado capitalista.

En las relaciones personales, como las de amistad o de pareja, existen intercambios, transacciones constantes de recursos materiales o afectivos, que dan sentido a esas mismas relaciones. La naturaleza de esos intercambios es parecida a los casos que acabamos de explicar. Se dan equivalencias también, pero no en base a un valor de cambio de mercado, sino a las necesidades y capacidades de sus miembros. Hay relaciones necesariamente desequilibradas, como la de una madre con su hijo pequeño, o la de un hijo con su madre ya muy mayor. A pesar del desequilibrio que se da no existen deudas, pues se da en el marco de los vínculos afectivos, donde cada uno aporta según sus posibilidades.

En las relaciones personales entre iguales, como suelen ser las de pareja o amistad, tampoco existe una equivalencia  que se pueda o deba medir. En realidad, mantener una actitud calculadora en este contexto, es fuente o síntoma de conflicto interpersonal.

Por ejemplo, en terapia de pareja es habitual que en un momento dado, los miembros de la misma expongan su contabilidad de agravios y desequilibrios: cuantas veces uno pone la lavadora y el otro no, la diferencia de los salarios, quién lleva los niños al colegio, o incluso en cantidad de veces que se lleva la iniciativa en las relaciones sexuales. En ese tipo de situaciones, la sensación de deuda mutua arruina el vínculo personal, el afecto, la confianza. Hay un deterioro en la relación, donde la salida nunca pasa por ahondar en el cálculo y las equivalencias exactas de las transacciones entre los dos miembros, sino en un cambio en el marco de la relación.

En síntesis, podríamos decir que hay dos tipos de intercambios. Unos basado en un valor de cambio estandarizado, externo, con precios fijos e independientes de las personas que toman parte. Y otros que se apoyan en las relaciones interpersonales y las refuerzan, en los afectos, en el reconocimiento mutuo y personalizado. El primero crea un mercado anónimo, con leyes generales y unificadas, el segundo crea un mercado múltiple, circunscrito a la relación y al trato concreto de persona a persona. 

Responsabilidad: Otro de los pilares del huerto coproductivo es la asunción de responsabilidades. Y es que en el huerto no hay obligaciones, hay responsabilidades. Nadie manda, y nadie obedece. El poder le corresponde a cada uno, asumiendo responsabilidades. Sobre todo en aquello que afecta al conjunto: plagas, buen funcionamiento del sistema de riego, gestión de los residuos, etc.

El trabajo hortelano comunitario ha de estar basado en la responsabilidad. A diferencia del trabajo en organizaciones jerarquizadas, en el huerto no se delega, se asume. Se preserva el propio interés a la vez que se atiende al bien común, pues van interconectados. Este factor es en la práctica su mayor reto, entender que la igualdad requiere la asunción de responsabilidad.

Ayuda mutua y solidaridad: El huerto es un espacio de trabajo entre iguales y con intereses comunes. Hay un interés individual que se circunscribe a un interés comunitario. La relaciones de generosidad, ayuda mutua y solidaridad, que se desarrollan de forma espontánea entre las personas, no son en sí contradictorias con el proceso productivo, como ocurre en el trabajo capitalista, atravesado  por la competencia y la competitividad . En el huerto, las conductas solidarias y de ayuda mutua refuerzan los resultados personales y del conjunto.

Procomún: La individualidad es esencial: ser uno mismo y expresarse como tal. Pero precisamente por ese motivo, es igualmente importante tomar conciencia de los propios límites, dónde acaba la propia autonomía y dónde empieza la interdependencia respecto de los demás y del entorno. En ese sentido, hemos hablado de igualdad y equidad, responsabilidad, ayuda mutua y solidaridad, entre los valores a cultivar en el huerto coproductivo. Y así como se cuidan las relaciones interpersonales, también se cuida el entorno, la tierra, el agua, el ecosistema en su conjunto. Se aportan conocimientos y herramientas o se comparten, como a menudo pasa con el motocultor, con la bomba que extrae el agua del pozo, con las semillas, etc.

El cultivo en un huerto trae consigo una conciencia de comunal, de preservar y mejorar los factores  de producción, que son compartidos. En los huertos comunitarios, sobre todo aquellos asociados a movimientos sociales, esa conciencia toma forma de propuesta política, o antipolítica, donde se reclama poder hacer uso directo de lo público, o sea, que lo público pase al comunal urbano.

Acción autoproductiva

La perspectiva autoproductiva nos describe un movimiento de repliegue, de giro hacia uno mismo, sea personal o grupal. En el huerto hay un profundo anhelo de autosuficiencia, de conseguir la independencia respecto del entorno, aunque no de cierre. La autosuficiencia del huerto es la del ser autónomo, gestor del sí mismo.

Una primera impresión nos podría llevar a pensar que el huerto urbano adolece de cierta deriva autárquica, en cuanto a que  busca ese ideal ancestral de soberanía comunitaria, cuando en un pasado remoto el clan se autoabastecía por sí mismo. Sin jerarquías ni grandes organizaciones, sin más compromisos que los de corresponder a las personas de la pequeña comunidad.

Del mismo modo que en los apartados anteriores, parece que en ese aspecto el huerto nos traslade a épocas pretéritas, representando así un retroceso en el tiempo, una derrota civilizatoria. Como veremos a continuación, sin embargo, y aunque se exprese como paradoja, la mirada autoproductiva regresa no para idealizar un pasado remoto, sino para sintonizarnos con los futuros que vienen.

Contrapunto a la gran escala

El huerto rechaza la globalización, la desafía, pero no cualquier globalización, sino la que se está construyendo a partir de grandes organizaciones públicas y privadas. Organizaciones desmesuradas, desconocidas, concentradas, verticales, lejanas de nuestro control y voluntad, por lo tanto, carentes de democracia. Estructuras de amplia escala, que controlan el poder y los recursos mundiales.

En el ámbito alimentario, esas grandes organizaciones controlan tanto la producción como la distribución y la comercialización. Se apoderan de las tierras de los pequeños agricultores, o destruyen selvas vírgenes para cultivar grandes extensiones o crear inmensos pastos. También utilizan tecnología transgénica, que les otorga el poder de la exclusividad, el control, pues esta tecnología aún es cara, y requiere de grandes laboratorios, que  también son de su propiedad. En la vertiente de la distribución y comercialización, poseen circuitos también a gran escala y de alcance global, así como una  red de supermercados que llega a todos los núcleos importantes de población.  Siempre orientados a población con capacidad adquisitiva; atrás quedan millones de personas excluidas, necesitadas de alimentos, aunque desatendidas por carecer de ingresos suficientes.

Sin embargo, el huerto urbano es distinto, es la cruz de esa cara anónima, impersonal: el huerto reivindica la vida local, la independencia de la pequeña escala, la soberanía alimentaria.

Mercè hace conservas de todo tipo: sofrito de cebolla y tomate, tomate crudo, berenjenas rellenas, croquetas, empanadillas de pisto… y todo al congelador o al baño maría. También conserva muchos alimentos de manera natural, en cajas o bien colgados, como tomacons, melones, calabazas, ajos, patatas y cebollas. Desde que tiene un huerto, Mercè ha ido convirtiendo su casa en una despensa repleta de verduras y frutas. La sensación de abundancia es bien patente en su casa, y eso le aporta seguridad, afirma. Seguridad para sí misma y para su marido, y también para sus hijos y nietos. “Me gusta tener toda esta despensa, me hace sentir bien, tranquila… al menos  comida no nos va a faltar” afirma irónicamente.

Una actividad, ésta del huerto urbano, que parece apuntar al pasado, a cuando vivíamos en comunidades rurales, con técnicas artesanas, a veces más propias de la época medieval que no de una sociedad post-industrial. Un huerto que además resulta poco productivo, comparado con los resultados de una agricultura profesional hoy en día altamente tecnificada. Pero nosotros insistimos. No importan los resultados, sí que importa el proceso. Importa la forma de hacer, los valores, importa jugar.

Prosumo

Como afirmamos, en el huerto la escala de producción se reduce radicalmente, se desvanecen los intermediarios, los circuitos se simplifican… hasta fundir producción y consumo en una sola cosa. Producción directa, para el propio consumo, sea individual o grupal. Y otra vez, parece que volvamos al pasado, pero no.

Alan Toffler (1980) detectó esta tendencia en la misma economía capitalista, hace más de treinta años, cuando propuso el concepto de prosumidor, a partir de los términos productor y consumidor. Afirmó que la evolución de la economía, las relaciones sociales, los avances en tecnología, apuntaban a un mundo donde el consumidor incidiría cada vez más en el proceso de producción, hasta el extremo lógico de convergir en una misma identidad. Desde el punto de vista económico, Toffler consideró que se trataba de un giro revolucionario, que abría la puerta a cambios muy profundos a diferentes niveles: en política, en organitzacion social, en ideologia… Toffler consideraba que el actual período de revolución industrial nos había llevado al crecimiento de grandes organizaciones, cada vez más complejas y lejanas de la sociedad, más impersonales, con una capacidad de producción inmensa y masificada, centralizadora del poder y del dinero, dosificadora también de una abundancia con control piramidal. Un período, sin embargo, que empezaba a declinar en favor de una nueva economía y organización social con características muy diferentes a la anterior, basada en la red, la personalización, la producción distribuida, la pequeña escala, las relaciones horizontales, donde productor y consumidor tendían a la confluencia. Dos modelos antagónicos de sociedad que rivalizarían: el primero se resistiría a marchar, y el segundo pugnaría para ocupar la centralidad.

Cuando estamos en el huerto, pues, guiados por nuestra neurosis y nuestra intuición, tomamos partido en este envite. Con el sombrero de paja y la azada en la mano, estamos reivindicando. Ensayamos algo nuevo, jugamos, proyectamos lo que vemos venir y queremos que venga ¡ya!

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A lo largo del apartado, hemos descrito tres características propias del modo de producción hortelano: la reproductiva, la coproductiva, y la autoproductiva. Tres enfoques diferentes que nos proporcionan miradas también distintas, aunque complementarias.

Por ejemplo, si tomamos el carácter autoproductivo aisladamente, podemos caer en la tentación de simplificar nuestro análisis, y ver  un giro autista, autárquico. En cambio, la praxis del huerto es más compleja, ocurren cosas simultáneamente que alteran la naturaleza del conjunto. Hay fuerzas opuestas en su seno, que mantienen una dialéctica equilibrada. En ese caso, la naturaleza coproductiva del huerto, esa la apertura al otro, al otro local o al otro global a través de la red, modifica el carácter autárquico.

Otras fuerzas suman y multiplican. Un ejemplo interesante se da en la cuestión de la identidad. Hemos visto los aspectos relacionados con la identidad en el apartado del huerto reproductivo, cuando el trabajo crea identidad propia, es decir, nos reproduce. Esa producción de identidad, pues, toma un tinte comunitario en el huerto coproductivo, cuando el trabajo se da en un contexto compartido, en la comunidad cooperativa. Comunidad, ésta, que se caracteriza por ser comunidad a pequeña escala, interpersonal.

En definitiva, hablamos de un huerto re-co-autoproductivo, tres en uno. Un trabajo y unos productos con denominación de origen propio.

 

ROL GENERATIVO

La acción re-co-autoproductiva, ese disparate y a la vez reivindicación de crear nuestros propios productos, de consumir aquello que hemos generado con nuestras manos, aporta cambios a muchos niveles, sobretodo en nuestra concepción del trabajo y del ocio.

El huerto urbano es un espacio de ocio, pero es un ocio diferente al de ir a tomar el sol a la playa: es un ocio activo, productivo. Muchos hortelanos van a pasar el rato y cuando recolectan tomates y verduras se les revierte en forma de ensalada o sofrito. En cierto modo, es una actividad a caballo entre el trabajo y el tiempo de ocio, un puente que permite pasar de una ribera a la otra, o quedarse entremedio. Esa característica lo convierte en una herramienta útil para aquellas personas que no pueden desarrollar un rol laboral formalizado, como jubilados o parados, excluidos de toda posibilidad de desempeñar tareas productivas.

Toni es lampista. Llegó a tener su propia empresa en la época del boom. “Tenía mucho trabajo i a menudo iba estresado“. Actualmente, asegura, “voy tirando como puedo“. Toni tiene un huerto desde siempre; empezó con el huerto de su padre, cerca de Vilanova i la Geltrú, y desde entonces ha tratado de tener un trozo de tierra donde cultivar. “Antes, el huerto era una escapada para huir de la rutina o las presiones del trabajo, pero ahora es lo contrario. Me mantiene vivo, activo, de faena hay muy poca.”

Ernesto, otro hortelano, prejubilado a los 60 años, es más directo: “Qué haré en el bar todo el día?“.

A menudo asociamos arbitrariamente actividad productiva a relaciones laborales, en contextos orientados a la mera producción, desacoplados del resto de nuestra vida cotidiana. Momentos de trabajo puro, diríamos. Pero no debería ser necesariamente así. En realidad, el trabajo puro, destilado, es un concepto relativamente moderno. También el de ocio. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, y para la mayor parte de la población, la actividad productiva se daba en el seno de la comunidad, de la familia, inserido a la vida cotidiana, donde interactuaba y se mezclaba con el ocio. Un escenario de producción distribuida, donde productor y consumidor no se distinguían, no estaban definidos como roles sociales.

En la misma línea, el trabajo hortelano no distingue ocio de trabajo, pues se da en un marco de tiempo libre, aunque productivo. Así, las relaciones entre hortelanos son relaciones también mixtas, donde se mezcla la colaboración productiva con el placer de la amistad y las relaciones sociales con vínculo afectivo. En el huerto se va a producir, pero también a pasar el rato con los amigos o los familiares.

Carlos nos cuenta que, en su huerto comunitario de Canet (Barcelona), queda con los amigos todos los domingos de ocho a diez para trabajar juntos. A las diez se dan un descanso, cuando almuerzan lo que traen de casa, añaden lo que puedan recoger del huerto, y también algún huevo de las gallinas que tienen. El resto de la semana van pasando por el huerto cada uno a su aire, según la disponibilidad de cada cual. Pero el domingo se encuentran para asegurarse ese momento de goce entre amigos.

Los roles de trabajador y consumidor, como conceptos generalizados entre la población, se desarrollaron a lo largo de la industrialización. Primero fue en relación al trabajo, a medida que aumentaba la escala de producción y la división del mismo. Después fue el ocio, que se asoció a consumo, cuando la máquina productiva empezó a inundar el mundo de mercancías, y se tomó conciencia de la necesidad de acrecentar el ritmo de su consumo.

En el caso del ocio, el punto de inflexión se podría ubicar en la Gran Depresión de los años treinta. Diferentes economistas, políticos y en general pensadores de la época se dieron cuenta de la necesidad de incrementar el consumo para reactivar la economía. Consumo por parte de los Estados, y consumo por parte de la clase trabajadora. El concepto de tiempo libre fue cuajando, se reivindicó, se reclamaron derechos. Entre los pensadores del momento estuvo Bertrand Russell, que en el año 1934 publicó Elogio de la ociosidad.

En este documento, un clásico hoy en día, el filósofo británico concibió un ocio opuesto al trabajo, y en general a toda actividad productiva. La técnica moderna, afirmó, ha hecho posible reducir la cantidad de trabajo necesario para asegurar lo imprescindible para la vida de todos. A causa del aumento de la escala, de la concentración e innovación de los factores de producción, la productividad había aumentado mucho, ya en aquella época, los estoques de mercancías se acumulaban, el consumo no era suficiente para vaciar los almacenes. Es necesario por lo tanto dotar los trabajadores de más tiempo libre y capacidad de consumo, propuso textualmente Russell, asociando tiempo libre a consumo, planteándolo como una necesidad económica a la vez que una reivindicación social.

Se definió entonces una dualidad de momentos, de roles. Por un lado, se configuraba la esfera del trabajo, acotado en el tiempo y con remuneración aumentada respecto de la época anterior. Por otro lado, se creaba una segunda esfera del ocio, caracterizada por el descanso, el goce, pero sobretodo travesada por el consumo. Pensamos demasiado en la producción y demasiado poco en el consumo, afirmó Russell. Como consecuencia de esto, concedemos demasiada poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor.

Ocio por un lado y producción por el otro, pues, que equivalía a convertirnos en consumidores y productores de forma alterna. Dos realidades separadas, mutuamente excluyentes, que condicionaron desde entonces nuestra economía y nuestra forma de vida, los valores, el sistema de derechos, las reivindicaciones políticas y las luchas sociales, y nuestra propia identidad, que no sabía cómo casar el trabajador y el consumidor que representábamos consecutivamente.

Aunque no deberíamos leer el pasado en clave censuradora, como si de un error se tratase. Aquella fórmula dicotómica entre trabajador y consumidor, que hoy interpretamos con mirada crítica, ocasionó una inyección de dinamismo inédito en la economía, ayudó a remontar la Gran Depresión, posibilitando el mayor período de crecimiento y abundancia que ha visto nunca la humanidad -en todo caso, una parte de la humanidad.

Pero el hecho es que hoy estamos en el huerto, y eso es lo que cuenta. Y no estamos por casualidad, sino porque sabemos que de alguna forma aquella vieja fórmula especializada y dicotómica se ha agotado.

Cuando pasamos nuestros ratos libres cultivando el huerto, cuando hacemos conserva con los productos recolectados, cuando amasamos el pan, o incluso cuando hacemos ganchete o media como nuestras abuelas, estamos en realidad ensayando algo nuevo. Redefinimos a través de esas praxis la vieja fórmula dicotómica de trabajo y ocio, la subvertimos. Unas praxis que se concretan aún de forma artesanal, con herramientas que proceden de períodos anteriores a la industrialización. Pero cada día más, incorporamos tecnología que sintoniza con la pequeña escala: panificadora, thermomix, riego automatizado, placas solares fotovoltaicas, impresoras domésticas en 3D… En el último apartado retomamos el tema.

 

TIEMPO

El trabajo en el huerto requiere constancia, pero es una constancia tranquila, podríamos decir, conocida. El proceso sigue unos ritmos propios, variables en función de la meteorología, pero previsibles. En función de esos parámetros, cada hortelano planifica su trabajo a medida. En cantidad de tiempo, en intensidad de esfuerzo, en el horario…

A diferencia del trabajo convencional, en el huerto raramente nos sincronizamos con el proceso productivo, con las plantas, con otros hortelanos. Todo sigue su curso, constante, y nosotros vamos cuando queremos y nos acoplamos, sin necesidad de cuadrar horarios. En los huertos comunitarios, que compartimos con otros compañeros, no se queda necesariamente a una hora concreta para trabajar. A medida que cada hortelano asume sus responsabilidades, el proceso productivo sigue su curso. A excepción de momentos puntuales, para una reunión estratégica o simplemente para vernos y pasarlo bien entre todos, como espacio relacional.

En realidad, en muchos trabajos actuales ya no se requiere tampoco de horario laboral, ni en cantidad de horas trabajadas ni en la hora de inicio y fin del momento laboral. Eso es en gran parte gracias al trabajo online. ¿Por qué sincronizarnos si ya estamos conectados de forma permanente y en cualquier lugar? Aunque a veces sigan costumbres aún no adaptadas a la nueva realidad:

Oriol trabaja de informático en una importante empresa de servicios financieros, en Barcelona. Trabaja de lunes a viernes, de 8 de la mañana a 2 del mediodía. Todos los días de la semana laboral. Nos comentaba lo absurdo de su horario: “Casi todo el trabajo que hago podría hacerlo desde casa, a la hora que me viniese en gana. A lo mejor podría ir a la empresa un día a la semana, para reuniones, por ejemplo, aunque también esas podrían hacerse online”.

Un planteamiento muy diferente es el que expone Aleix, miembro de Communia, una pequeña cooperativa de servicios informáticos, en Terrassa.

En realidad sí nos vemos a menudo, para trabajar conjuntamente. Aunque no sería necesario… pero nos gusta vernos, pasar el rato juntos, no sé, nos sentimos a gusto. Aunque tampoco haya ninguna rigidez de horarios ni control, cada uno se organiza como quiere”. Su oficina está ubicada en el Ateneu Candela, un centro popular donde confluyen otras iniciativas económicas, culturales, lúdicas.

El huerto, paradójicamente, a pesar de ser un trabajo sobretodo offline, permite experimentar esa libertad de horarios, el control del propio tiempo, la organización del trabajo en función de uno mismo. Y es que los hortelanos no se sincronizan entre sí, no se acoplan en el tiempo, sino a lo largo del proceso. No importa la hora y el minuto, el momento concreto de empezar y acabar, la cuestión es incidir en el cultivo para que salga adelante.

En realidad, el huerto se nos presenta como un laboratorio del tiempo. Un lugar excepcional donde experimentar y entender las vicisitudes de la dimensión temporal, sus diferentes concepciones históricas, sus modalidades filosóficas y las implicaciones psicológicas. Entremos a través de esas últimas.

Cuando miramos a nuestro alrededor, y también a nuestro interior, percibimos un acusado estrés por el paso del tiempo. Nos lamentamos que el tiempo de nos escapa, tenemos miedo de perderlo, de derrocharlo, o de no organizarlo bien. Es interesante saber que no siempre ha sido así en la historia, más bien es un fenómeno reciente. Tiene su origen en la revolución industrial (Plattner, I. 1995).

Antaño, en las sociedades de base agrícola o recolectora, el tiempo era concebido por lo general como una repetición constante, el retorno circular de lo que ya había ocurrido anteriormente. El pasado volvía, y el futuro en cierta medida era conocido, de aquí la importancia del saber de los viejos para aconsejar en la toma de decisiones. Se trataba de sociedades con una fuerte conexión con la naturaleza. La sucesión de los ciclos naturales, que se repiten incesantemente, marcaban un ritmo invariable, inalterable. No había posibilidad de acelerar el tiempo o exprimirlo, ni ahorrarlo de ningún modo. Unas épocas requerían el máximo esfuerzo, por ejemplo durante la recolección o la cacería, otras en cambio permitían el descanso y la vida social. Una constancia inconstante, pautada por los ciclos, muy diferente de la jornada laboral industrial.

Con la llegada de la industrialización, la vieja concepción circular fue sustituida paulatinamente por una de lineal, donde el pasado ahí quedaba, y el futuro era territorio desconocido a conquistar. El trabajo en los talleres y las fábricas ya no dependía de las condiciones atmosféricas, ni de las estaciones del año, y aún menos de los ciclos lunares. Se desvanecieron las pautas naturales, que se substituyeron por las pautas del reloj. El tiempo, poco a poco, se volvió abstracto: se podía expandir o contraer, fragmentar a voluntad, ahorrar o invertir.

En ese contexto, la sincronización fue uno de los grandes hitos de la industrialización. La producción se hizo cada vez más compleja y masiva, requirió una especialización creciente. Con ello, se hizo necesaria la máxima sincronización de los diferentes procesos. El reloj ocupó aquí un lugar central, como medidor del tiempo abstracto (Plattner, I. 1995).

Un tiempo abstracto, lineal, sincronizado, y también escaso, desde el momento que se convirtió en factor para aumentar la productividad. Se sentaron así las bases del estrés en nuestra vida cotidiana.

Pero el huerto urbano es diferente… Experimentamos los ciclos, comprendemos las pautas circulares, nos sumergimos en otra concepción del tiempo. El huerto nos acerca a la experiencia de las estaciones, los ciclos lunares, y nos invita a danzar al ritmo de la naturaleza, que es paciente, hipnótico. Y nos relajamos… A la vez, comprendemos que eso tampoco es lo que viene, porqué no es tiempo de ataduras, en el fondo, ni tan siquiera de las pautas naturales. Lo que viene es organización del tiempo a medida, es responsabilidad, es LIBERTAD.

 

ÉTICA

El huerto urbano de hoy es ecológico, no se entiende de otro modo. A diferencia del huerto de ayer, los hortelanos contemporáneos están atentos al cuidado del medio ambiente y de su propia salud alimentaria. Ven el huerto como un espacio natural, lleno de vida que hay que respetar, e incluso potenciar. Las técnicas de cultivo, las semillas, los abonos, los tratamientos para plagas… todas esas praxis están orientadas a promover el ecosistema hortelano, su equilibrio.

Si nos fijamos detenidamente, la concepción ecológica no consiste tan sólo en una guía práctica de cultivo, un puñado de técnicas concretas sin más. Sino que se acompaña de una actitud, un modo de proceder que se articula como discurso ético (Boff, L. 2001).

Nunca se me ha pasado por la cabeza echarle veneno“, afirma Natalia con rotundidad. “A la larga”, asegura, “la tierra coge fuerza y es capaz de mantener el equilibrio“. A Natalia le gusta que el huerto sea natural, apuesta “por la naturaleza, hacerla prevalecer, creer en ella. La naturaleza es buena, te lo retorna“.

En realidad, ética y ecología tienen mucho en común. Las dos disciplinas tratan sobre las relaciones, aunque a diferente nivel. La ecología estudia las relaciones entre los seres vivos, y con el medio que habitan. La ética, en cambio, se ocupa específicamente de los humanos, de las relaciones entre sí y con el mundo que los rodea. Una ética ecológica es, pues, una ética que considera a la vez ambas esferas relacionales, las de los humanos y las de la naturaleza, considerándolas en su conjunto, como un todo coherente.

Una ética, así, basada en la preservación de los ecosistemas, que establece los valores de la vida, que prioriza el mantenimiento de los ciclos naturales, que define unas sociedades humanas sostenibles que se desarrollan armoniosamente con el entorno natural. Una ética que habla de forma análoga de las relaciones sociales. Que promulga el reconocimiento y la solidaridad entre las personas, la ayuda y la colaboración mutuas, como ya vimos en el apartado del huerto coproductivo. Una ética que parte de los valores de la diversidad e inclusividad como factores de equilibrio social, que confía en las personas, que les da tiempo, que deja que expresen libremente sus identidades. Lo que es válido para el huerto ecológico, entendemos, es válido también para la sociedad.

Carles prioriza el cultivo ecológico por encima de todo: “Si tu a la tierra no haces más que echarle veneno, veneno, y productos tóxicos, en esa tierra no va a crecer nunca nada. A la tierra deberíamos de tratarla mejor, porque es el sitio donde vivimos, que nos da de comer, de beber”.

Para Carles la tierra es el lugar donde vive, es su casa. Y de hecho, el término ecología viene a significar precisamente esto: está compuesto por los términos griegos oikos, que significa casa, y logos, que quiere decir reflexión o estudio. Ecología es, pues, el estudio de las condiciones y las relaciones que conforman nuestro hábitat. De ese modo, cuando optamos por un huerto ecológico, e insistimos en ello, estamos considerando ese espacio de tierra como si de nuestra casa se tratara. Una casa habitada también por otros seres vivos, con igual derecho ya que son nuestros familiares, nuestros amigos, a los que respetamos y con quien queremos interactuar de forma positiva.  

Si yo quiero que me respeten”, dice Carles, “tengo que respetar aquello que me rodea. Y eso empieza por la tierra…”.

El huerto es, pues, el comienzo. Un espacio donde iniciar una actitud, donde poder ensayarla, entenderla mejor. Para después trasladarla a la sociedad. 

 

ESPIRITUALIDAD

En el anterior apartado hemos hablado de ética, una ética expresada y actuada a partir de nuestras conductas hortelanas. Una ética que se vive y de debe experimentar a través de experiencias profundas, espirituales, que amplían nuestra percepción y arrancan poderosas convicciones.

La Carta de la Tierra, documento impulsado por las Naciones Unidas, pone énfasis en afirmar que “la Tierra está viva, y con la humanidad forma parte de un vasto universo en evolución“. “Hoy en día“, dice textualmente, “está amenazada en su equilibrio dinámico, debido a las formas explotadoras y predadoras a las que nos hemos habituado los humanos. Ante esta situación global, tenemos el deber sagrado de asegurar la vitalidad, la diversidad y la belleza de nuestra Casa Comuna“. Por ese motivo, reivindica que “debemos establecer una nueva alianza con la Tierra y un nuevo pacto social de responsabilidad entre todos los humanos, basado en la dimensión espiritual de reverencia ante el misterio de la existencia, de gratitud por el presente de la vida, de humildad en considerar el sitio que el ser humano ocupa en la naturaleza“.

Una ética ecológica, pues, que lleva consigo una apertura a la vivencia espiritual. Pero, ¿a qué nos referimos por espiritualidad?

Eres vos y las plantas“, nos revela Natalia, cuando nos cuenta la vivencia de su pequeño huerto. “Es un silencio… Me proporciona como una paz, me gusta, no se… es una tranquilidad interior“. 

Es un estar tranquilo, pausado, abierto al entorno, en silencio“, dice Joan, que cultiva una finca agroecológica. “En paz con uno mismo, también. Sin tantos altos y bajos del estado de ánimo, sin la histeria de la vida moderna“. “Para mí,” añade, “es una manera de reencontrarnos con nosotros mismos, de saber de dónde venimos, quienes somos, por qué estamos aquí… entonces, allí donde puedes extraer más explicaciones es a los orígenes, a la naturaleza, a lo mejor es allí donde puedes encontrar más respuestas“.

La espiritualidad es una apertura. Una apertura a comprender el significado de la vida, a indagar en su misterio. Es una actitud de búsqueda del sentido de vivir. Decimos que una persona es espiritual cuando busca y afronta las grandes cuestiones que la vida plantea Cuestiones que muchas veces no tienen respuestas definitivas, aunque no necesariamente sin respuesta (Solomon, R. C. , 2002).

En el contexto del huerto ecológico, la dimensión espiritual es presente en más o menos grado. Algunas de las tradiciones o escuelas de agricultura ecológica, biológica u orgánica, promueven concepciones abiertamente espirituales. La agricultura biodinámica basada en la antroposofía de Steiner; la agricultura natural de Masanobu Fukuoka, que deriva más tarde en el huerto sinérgico de Emília Hazelip, adaptado a la mediterránea; o el cultivo vibracional de Quico Barranco.

Se trata, así, de técnicas, rituales, praxis, que nos aproximan y nos guían en la experiencia profunda del huerto. Hablamos de vivencias espirituales abiertas a la naturaleza, donde nos sentimos expandidos o diluidos en ese entorno, que ya no vemos en sus diferentes partes, sino como un todo coherente y orgánico del cual formamos parte. Una apertura al exterior que, sin embargo, empieza con un viaje al interior de uno mismo, a través de la sensación de quietud, de paz, de contemplación interior, una experiencia oceánica que es de tipo gnóstico. En ese sentido, se trata de un viaje sobretodo personal, que debe realizar uno consigo mismo, puede que con maestros pero necesariamente sin intermediarios.

Espiritualidad directa, diría alguno. Que podemos hallar a través de una praxis productiva como es el huerto, en un entorno abierto y libre, sin puertas a las que haya que llamar para poder entrar. Una actividad que para muchos es a la vez trabajo y ritual sagrado, vía de sustento material y también camino para perseverar en el significado de su propia vida.

 

¿OTRO TRABAJO ES POSIBLE?

A lo largo de la conferencia, hemos descrito el trabajo en el huerto urbano desde seis perspectivas diferentes: desde la identidad, desde la triple acción re-co-autoproductiva, desde el tiempo lento y circular, desde la ética ecológica, y finalmente desde la espiritualidad vinculada con la experiencia agrícola.

A partir de aquí, retomamos la pregunta inicial: ¿por qué el huerto urbano? En realidad, se ha ido respondiendo a lo largo de la conferencia: el huerto regresa sobretodo como juego simbólico. Un juego que nos permite experimentar, dialogar, entender. Ensayar otras fórmulas, otros valores, desarrollar praxis que parecen muy antiguas pero que son muy nuevas a la vez. En el huerto hacemos “como sí”, es real pero sobretodo es simbólico. Aquello que representamos, nuestro discurso, sobrepasa desmesuradamente la praxis concreta de cultivar verduras, la desborda. Porque estamos jugando.

Un juego con diferentes elementos: la azada, las semillas, el agua, la gallinas, los tarros de conserva… Pero el juego en el que participamos en realidad es más complejo. El huerto es tan solo uno de sus escenarios posibles: cuando amasamos el pan con nuestras manos, o lo hacemos con la panificadora; cuando nos desplegamos creativamente a través del bricolaje, el ganchillo o en general con las manualidades; cuando intentamos reparar nuestros propios electrodomésticos buscando soluciones por internet… en todos esos hobbies se encuentran trazas de lo que hemos descrito a lo largo de la conferencia. Incluso cuando nos sentimos atraídos por instrumentos tecnológicos de producción a pequeña escala como placas solares fotovoltaicas, o las más recientes impresoras domésticas en 3D, capaces potencialmente de fabricar cualquier objeto en casa… Actividades productivas análogas al huerto, todas ellas, que a la vez parecen experimentar el mismo boom. Aparecen movimientos sociales vinculados con todas esas herramientas y praxis… Para una visión sintetizada del fenómeno, está el libro: Crafts, makers y III revolución industrial, de Elisabet Rosselló (2013).

El hecho es que en el huerto, en el taller o en el comedor de casa, o en la cocina… también podemos producir, y nos gusta hacerlo. Desarrollar actividades productivas a escala reducida, en contextos familiares, o entre amigos. Nos gusta jugar a representar esa otra forma de producir, que es a la vez ocio y trabajo, que se da como actividad inserida a la vida misma. Una forma de trabajo que nos vincula con nuestros objetos, que nos aportan identidad, y con los que hacemos intercambios personalizados y llenos de significado. Un trabajo que es pausado, tranquilo, y se adapta a nuestro ciclo personal. Que participa también de una ética ecológica que es amable, que valora la vida, el entorno y las personas que nos rodean, y que atiende con delicadeza nuestro propio ser a través del cuidado del cuerpo y la oportunidad espiritual del contacto con la tierra. 

Una praxis, la del huerto y otras tantas, que se asemejan en algunos aspectos a las de antaño, previas a la revolución industrial. Con algunas de sus herramientas artesanales, con algunos de sus conocimientos ancestrales, con su pequeña escala, parecen representaciones nostálgicas e idealizadas de un pasado remoto… Sin embargo, son a la vez actividades que combinan: innovación con artesanía, pequeña escala con alcance global -a través de internet-, e incluso alta tecnología con bajo coste. Chris Anderson, en su libro Makers, the new industrial revolution (2012), asegura que “Lo que vemos va mucho más allá de simples hobbies, es infinitamente más ambicioso: estamos delante de una transición histórica. La misma idea de fábrica está cambiando”.

Desde una perspectiva más integrada, el Grupo Cooperativo de las Indias habla de Economía Directa, en línea con John Robb y la Fundación P2P. Una economía basada en el conocimiento libre, la reducción de la escala de producción, el fabbing. Una economía de alcance global pero personalizada, sometida a innovación constante y desenfrenada, donde la creatividad es esencial. Travesada también por la tecnología y la altísima productividad, donde el trabajo asalariado se reduce drásticamente pero en un contexto de abundancia material y social, paradójicamente lleno de oportunidades productivas. Un trabajo ubicado en un contexto de abundancia, donde la necesidad da paso al deseo.

Todos estos autores hablan de un nuevo modo de producción, que a la vez trae consigo un nuevo concepto de trabajo. Un trabajo muy parecido al que hemos descrito hoy, en nuestra conferencia.

Y bueno, nosotros aquí estamos, en el huerto. Con nuestro sombrero de paja, sacando hierba con la azada. Pero estamos expectantes, empeñados en dar forma a los futuros que vienen.

 

Referencias bibliográficas

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Anderson, C. (2012). Makers. The new industrial revolution. New York: Crown Publishing.

Boff, L. (2001). Ética planetaria desde el gran sur. Madrid: Trotta.

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Grup Krisis (2002). Manifiesto contra el trabajo. Barcelona: Virus.

Marx, K. El Capital. Volum 1, capítol 1, apartat 4: El fetitxisme de les mercaderies i el seu secret. [http://www.marxists.org/catala/marx/capital/me23_049.htm#Kap_1_4]

Neimeyer, R. A. (2007). Aprender de la pérdida. Una guía para afrontar el duelo. Barcelona: Paidós.

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Plattner, I (1995). El estrés del tiempo. Barcelona: Herder.

Rifkin, J. (1995). The end of work. The decline of the global labor force and the dawn of the post-market era. Nova York: G. P. Putnam’s Sons.

Rosselló, E. (2013). Una historiadora en el futuro – Recopilación temática 2012-2013: Crafts, markers y III revolución industrial. http://elisabetrosello.blogspot.com.es/

Solomon, R. C. (2002). Espiritualidad para escépticos. Meditaciones sobre el amor a la vida. Barcelona: Paidós.

Toffler, A. (1980). The third wave. Future shock. New York: Bantam Books.

Torre, S. de la (1997). Creatividad y formación. Mèxic: Trillas.

Ugarte, D. (2010). Los futuros que vienen. Biblioteca de las indias. http://lasindias.org/los-futuros-que-vienen/

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Winnicott, D. W. (1982 (2ª edición)). Realidad y juego. Barcelona: Editorial Gedisa.

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